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Bullying III: testimonios reales de víctimas parte 2

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Continuamos con los testimonios de víctimas de bullying reales. Si quieres leer otros testimonios puedes visitar el post: Bullying III: testimonios reales de víctimas parte 1.

Más testimonios de víctimas de bullying reales

Desde 2006 hasta hoy bullying físico, verbal, psicológico, social y ciber-bullying

A.B.,desde los 5 años hasta los 16 (San Sebastián)

Tengo recuerdos desde los cuatro o cinco años en los que los niños y niñas no querían jugar conmigo. Yo no les había hecho nada, pero simplemente me decían que conmigo no querían estar.

Un día una niña me dio con un vaso en la boca y me hizo una herida. Mi madre se asustó mucho pero en el cole le dijeron que era cosas de críos. La verdad es que esa niña en cuestión no me dejaba jugar con nadie. Años después dejó el colegio, pero a mí me seguían haciendo vacío mis compañeros/as.

Estaba sola en los recreos y no sabía porqué me lo hacían. Mis padres iban día sí día también a hablar con profesores, dirección… Incluso con madres de hijas que se metían conmigo, pero nadie les hacía caso ni les ayudaban.

En 6º de primaria un niño me empezó a llamar “Chihuahua”. Ese año repetí curso y ese chico pasó pero coincidí con su hermano. El mayor le dijo al pequeño que si me insultaba con esa palabra me molestaría mucho y se partiría de risa.

Cuando pasamos a la ESO creí que ya se pararía todo, pero me tocó con una amiga de este chico. Al parecer les gustaba reirse de mí. No me llevaba bien con ella, así que la tenía bloqueada en redes sociales.

Un día me viene otra chica de clase y me enseña el movil mientras me pregunta “oye, ¿eres tú esta chica?” Y me quise morir: la otra chavala había hecho un montaje con mi cara y una pegatina de hocico de perro, y lo había subido y difundido por Snapchat. Todo el colegio lo había visto y se mofaban de mí.

Me ladraban cuando pasaba al lado de grupos de gente en el patio, pasillos, por la calle… Pero fue aumentando todo: me insultaban, me quitaban cosas y me llegaron a tirar ropa por un puente que da a la autopista.

Recuerdo un momento difícil en mi familia en el que ingresaron a mi abuela. No podíamos llevar móviles a clase pero dada la situación mis padres pidieron permiso en dirección para que yo lo pudiera llevar por si pasaba algo en el hospital y accedieron. Me cogieron el móvil gente de clase que se metía conmigo, le quitaron la batería y me lo tiraron a un arroyo. Como no aguantaba más empecé a contestar a quienes me decían cosas y eso ya no les gustaba.

Ahí se complicó todo más y me llegaron a amenazar de rajarme, pegarme… En una ocasión me empujaron y yo lo devolví. Un profesor me pidió explicaciones y encima me culpó de todo. Lo curioso era que desde hacía años, cuando contaba algo que me pasaba era como si me culparan a mí de lo ocurrido.

Un día me enteré de casualidad por una pegatina en la calle sobre un teléfono de ayuda a víctimas de acoso escolar y llamé. Todo mejoró mucho. Allí super bien, me dejaron desahogarme y abrieron un expediente. Estuvieron siguiendo la evolución del caso, en el que intermediaron con el colegio. Por fin, tras recibir llamada de esta entidad, se implicaron desde mi colegio para ayudarnos.

La mejoría en mí fue importante: ya no me sentía sola. Me dijeron que no me callara nunca y que plantase cara a quienes me insultaran. Desde entonces, aunque me siguen llamando “Chihuahua” y muchas cosas más, no tengo miedo.

Sí es verdad que mis padres y yo hablamos de cambiarnos de colegio pero vivo en una pequeña localidad al lado de la ciudad: nos conocemos todos y no les quiero dar el gustazo a quienes me martirizan de irme con la cabeza agachada, ¿por qué tengo que irme? ¿Tienen más poder que yo y mandan sobre mí? Lo que sí he hecho es cambiarme de clase.

Les diría a otros chicos y chicas que como yo están sufriendo esto que lo cuenten, que no tengan miedo.

 

T.S., madre de la menor (San Sebastián, 45 años)

Cuando mi hija tenía 5 años empezó toda la pesadilla de la noche a la mañana. Un día salió mi pequeña llorando con el labio hinchado.  Con el susto en el cuerpo pedí explicaciones en el colegio y allí me dijeron que había sido cosa de críos, que una niña le había dado con un vaso en la boca y que se trataba de un accidente.

Pero mi niña salía todos los días llorando del cole y no quería ir por las mañanas. Insistiendo me dijo que esa misma niña del vaso le insultaba, le empujaba y cada día le hacía daño de una u otra manera. Fui a hablar con el colegio, pero allí no me hacían caso. Así que decidí tomar cartas en el asunto tras varias semanas así y hablar con la madre de la niña que le molestaba.  Ella lo negaba todo y decidí decirle a la cría acosadora que dejase en paz a la mía. Pero todos estos años, 11 ya, amigos/as de aquella niña y compañeros/as de colegio no han dejado de acosarla.

Insultos, agresiones como empujones, robos de móvil y ropa que han llegado a tirar por la autopista desde un puente se suman a apodos como “chihuahua” y un sinfín de situaciones lamentables que generaron durante años un cambio drástico en la forma de ser de mi hija. 

Nosotros íbamos al colegio muy a menudo para pedir explicaciones, pero allí no nos hacían caso.

Cuando mi hija cumplió 14 años, un día de tantos otros, regresó a casa llorando: me vino diciendo que no podía más, que se había enterado de un número de teléfono de ayuda para víctimas de acoso escolar y que necesitaba llamar. Ella les contó todo lo que llevaba sufriendo, y allí le dieron pautas para combatir toda la situación. Abrieron un expediente y fueron haciendo un seguimiento periódico. Trabajaron de intermediación entre el colegio y nosotros.

Fue curioso cómo rápidamente me llamaron de la dirección del colegio para decirme que cómo no lo había puesto en su conocimiento antes… ¡Llevábamos haciéndolo desde hacía 7 años! Pero no lo querían ni escuchar ni reconocer hasta que se activó este dispositivo.

El acoso ha seguido y sigue. Aunque mi hija desde entonces ha empezado a recuperar las ganas de seguir adelante. Está aprendiendo a hacerse valer y a no creer en todo lo que le dicen en clase.

Como madre de una hija acosada solo puedo decir que la educación empieza en casa, pero debe seguir en las aulas. No podemos negar evidencias cuando nos muestran imágenes de nuestros hijos insultando, pegando, etc. porque a mí me ha pasado con padres y madres de acosadores de este colegio que aún viendo grabaciones que mi hija tenía en su móvil me decían que eso era todo falso.

Me gustaría incidir en que, en este caso, el perfil del principal acosador es un chico de nivel económico alto, con padres trabajando, saca buenas notas y parece un buen chaval. Pido que no nos dejemos llevar nunca por las apariencias porque a mi hija la acosan chicos y chicas de todo tipo.


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